Función materna y observación de infantes

Sociedad, Teoría

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Esconderse es un placer, no ser encontrado es una catástrofe

Donald Winnicott

A lo largo de los años, la percepción de la infancia ha variado considerablemente y, con ella, el lugar que ocupan las demandas del recién nacido para los cuidadores primarios. Años atrás, se consideraba que el bebé debía tener una rutina precisa. Por ello, se establecía un horario al que había que acostumbrarlo; incluso, se recomendaba dejar llorar a un bebé para que se acostumbre a dormir de corrido por las noches. El contacto físico podía ser considerado un medio a través del que se “malacostumbraba” a un niño y por ello se recomendaba no tenerlos en brazos mucho tiempo; se trataba de alimentarlos en su cuna o de alguna manera en el que se evite el contacto físico.

Actualmente se han desarrollado una serie de investigaciones que ponen de manifiesto las consecuencias de no atender a tiempo el llanto de los bebés. Consecuencias que en el plano emocional podrían llegar a generar una desesperanza generalizada; esto es, que el niño sienta que su llanto no genera ningún efecto en el ambiente y eso lo lleve a dejar de expresarse. Margot Sunderland (2006), psicoterapeuta de niños de nacionalidad británica, afirma que ignorar el llanto de un bebé genera desórdenes emocionales más adelante.

En el plano físico, el bebé cuyo llanto no es atendido, libera una cantidad elevada de adrenalina y cortisol que su cuerpo no puede tolerar por mucho tiempo. Por ello, para contrarrestarlas, se segregan sustancias como las endorfinas y la serotonina que van a provocar que el estrés y la angustia disminuyan pero que van a dañar las zonas emocionales del cerebro. En uno de sus estudios neurológicos, Sunderland observó que la actividad cerebral de un niño separado de uno de sus padres es similar a la actividad cerebral que se genera ante un dolor físico.

Debido a que se tiene mayor conocimiento sobre la importancia de responder a las demandas del bebé y, en general, sobre el rol fundamental que cumplen las experiencias tempranas para el futuro desarrollo cerebral y emocional del niño, el estudio de la primera infancia y con ello el desarrollo de la observación de infantes han cobrado mayor relevancia. A lo largo de este trabajo, voy a describir las experiencias de intercambio temprano y la función de una madre primeriza a la luz de la experiencia de observar un infante en su primer año de vida, con una frecuencia de una vez por semana. Asimismo, voy a tratar de plantear las posibles contribuciones que la calidad de dicha relación podría tener en el niño.

Retrollage / Patricia Alcántara Larco

Cuando se inició el seminario, la consigna fue observar el vínculo más cercano de un bebé como parte de su desarrollo normal. Si bien la relevancia del curso quedaba clara en el plano teórico, fue recién a lo largo del proceso de observación que dicha relevancia se hizo más clara. Fui testigo de cómo se iba construyendo el vínculo entre una madre y su hijo y la influencia que los cuidados maternos tienen sobre las conductas del infante.

Es importante tomar en cuenta que en el vínculo madre-bebé se da un encuentro entre dos seres humanos que aún no se conocen. Ambos, aún novatos, van a ir estableciendo una manera única de comunicarse. A raíz de la revisión teórica realizada como parte de mi formación académica en Inter-Cambio, percibo que hay una visión de la gura materna sumamente exigente en cuanto a su capacidad para desenvolverse en su nuevo rol. Muchas veces no se toma en cuenta que ella debe desprenderse, en cierta medida, de ella misma para poder adaptarse a los pedidos de su bebé. Como menciona Donald Winnicott (1947), el desarrollo emocional del infante depende de la capacidad de la madre de adaptarse activamente a las necesidades de su bebé. Al inicio, la madre se dedica a cuidados como la alimentación, que requieren de mucha cercanía física; sin embargo, a medida que el bebé va creciendo, la madre debe estar pendiente de él, pero de una manera distinta. Debe ser capaz de albergar en su mente las necesidades de su hijo para así poder anticiparlas y traducirlas. Al nacer, el bebé se enfrenta a una gran vulnerabilidad ya que no cuenta con la capacidad de valerse por sí mismo. Todo aquello que experimenta es nuevo y los estímulos del mundo pueden llenarlo de angustia incluso hasta el desborde. Sin embargo, la madre, en este caso primeriza, también se está enfrentando a una responsabilidad nueva que nunca había tenido. A pesar de que hay mucha información disponible en Internet sobre los cuidados básicos de un recién nacido, considero que la tarea más importante que ella debe cumplir es una en la que difícilmente se puede entrenar a alguien, esto es, tener la capacidad para pensar a su bebé.

 

Si bien la figura de la madre y el lugar que ocupa en la temprana infancia varían en las concepciones de distintos autores, todos reconocen el papel fundamental que ella cumple en relación con la función de integración. Winnicott desarrolla el concepto de madre suficientemente buena que consiste en una madre que gratifica la omnipotencia del infante, y en alguna medida, también le da sentido. A través de una serie de cuidados, la madre le permite al niño disfrutar de la experiencia de ser. Por ejemplo, la manera en la que la madre carga en brazos a su bebé está muy relacionada a la capacidad que ella tiene para identificarse con él (Winnicott, 1960). Este sostenimiento físico tiene un correlato psíquico y esto es lo que va a permitir que el bebé pueda desarrollar una mente capaz de fantasear; elemento indispensable para tolerar las futuras frustraciones del desarrollo. Esta capacidad para fantasear va a ir dando paso a un espacio transicional en el que las vivencias tempranas puedan ser poco a poco elaboradas. Con espacio transicional, Winnicott (1951) se refiere a un espacio intermedio en la mente entre lo interno y lo externo. Es allí donde más adelante se van a desarrollar varias de las actividades creativas de la persona.

Wilfred Bion (2000) habla de una función materna que consiste en la capacidad para transformar y darle sentido a las angustias de su bebé. A través de sus palabras y sus caricias, la madre ayuda al bebé a traducir lo que está sintiendo de modo que la angustia disminuya. La idea es que esta función de transformación que cumple la madre vaya siendo incorporada poco a poco por el bebé de tal manera que la haga suya.

Melanie Klein también reconoce que la madre, representante del ambiente, es quien debe ser capaz de recibir, tolerar y traducir las angustias del bebé para poder devolvérselas y que éste pueda quedarse con una experiencia interna agradable. Esta dinámica vincular permite que el recién nacido pueda interiorizar experiencias positivas que más adelante le sirvan de soporte (Klein, 1957).

En el caso de mi observación de infantes, en un inicio la madre traducía con éxito las necesidades de su bebé. Ella no contaba con la ayuda de una persona para el cuidado de su hijo y eso, desde mi punto de vista, la enfrentó con la tarea a tiempo completo. Ella se encargaba de anticipar algunas necesidades básicas de su bebé como tener todo listo para cuando él se despertara con hambre o estar atenta a la temperatura del ambiente para que su bebé no tenga frío o calor. Observé cómo su mente estaba al servicio del recién nacido tratando de responder a todas sus demandas y así poder brindarle un ambiente agradable. Durante las observaciones, la mamá se mostró receptiva a las señales de incomodidad que el bebé podía manifestar y, probablemente, eso fue lo que le permitió no sentirse desbordado por sus propias angustias.

En cuanto a las características del contacto físico, la mamá tocaba con mucha delicadeza a su bebé. Cuando lo cargaba, lo hacía de manera pausada, poniendo especial cuidado con la cabeza e incluso cuando le cambiaba el pañal, lo acariciaba de manera suave en las piernas. Pensando en lo propuesto por Winnicott (1949) en relación con el cuerpo como un medio que permite la interacción con otro ser humano, percibí una comunicación armoniosa entre ambos. Me pregunto cómo a través de ese registro sensorial el bebé construye la imagen que él tiene de sí mismo y de sus propios límites; cómo estos límites van a mediar en la interacción con un otro más adelante.

Según Winnicott y Bion, las experiencias de frustración dolorosas obligan al bebé a pensar. Pienso entonces que la presencia receptiva de la madre durante las primeras semanas de vida le permitió contar con experiencias de satisfacción que más adelante pudo evocar cuando sus demandas no fueron atendidas con la misma eficiencia que en el inicio. Sin esa base segura, sus angustias hubiesen sobrepasado su capacidad para poder contenerse a sí mismo.

En el caso del bebé que observé, cada llanto iba acompañado por palabras de su madre que le iban poniendo nombre a la demanda en cuestión. Si lloraba porque le tocaba comer, la madre iba dando palabras de calma o le iba diciendo cuáles eran los pasos que ella estaba siguiendo  para poder atender su necesidad. Winnicott (1971) sostiene que cuando un recién nacido tiene hambre se activan dos angustias: la del bebé, que es una angustia por sobrevivir, y, la de la madre, que es una angustia por hacer que su hijo se calme. Ahora bien, para que la madre pueda calmar a su hijo, sus propias angustias no deberían invadirla pues ello podría generar que la experiencia deje de ser placentera. Cabe preguntarse si, en la experiencia de observación, las palabras con las que la madre trataba de calmar al bebé cumplían una doble función e intentaban calmarla a ella también.

Los episodios en los que tuve que observar el llanto del bebé me hicieron pensar mucho en la vulnerabilidad que el recién nacido puede sentir, en su dependencia absoluta y en la impotencia y frustración que siente un bebé cuando sus necesidades no pueden ser descifradas. Pensé también en la intensidad del llanto de un bebé y cómo éste puede llegar a desbordar a la madre; cómo por medio del llanto se transmiten angustias tan intensas que la madre las llega a experimentar como propias. Sin embargo, la persona que ejerce la función materna debe tener la capacidad de sobreponerse a la angustia que el bebé le suscita para ayudarlo a calmarse.

Otro aspecto que me interesó de la experiencia de observar un bebé fue que la responsabilidad de la mamá no sólo consistía en tener cubiertas las necesidades de su bebé sino en actuar como un filtro frente a los estímulos del ambiente. Ella era quien filtraba temas más concretos como la luz que entraba al cuarto pero también el contacto físico que establecían otras personas con su bebé, de modo que éste se sienta bien. Más aún, no sólo debía filtrar estímulos del ambiente sino actuar como un filtro de ella misma, de sus deseos y expectativas con relación al bebé.

La cuidadosa actitud de la madre parece que le permitió al bebé poder verse reflejado en ella y sentir que sus demandas iban a ser miradas. A medida que el bebé fue creciendo, éste también fue poniendo sus propios límites. La madre fue notando que había situaciones en las que su hijo no necesitaba tanta estimulación ya que podía entretenerse solo. Hubo momentos en los que se quedó dormido mientras la madre trataba de estimularlo para participar en algún juego. Considero que ambos fueron encontrando un equilibrio y un punto medio que les permitió acoplarse mutuamente.

Cabe preguntarse también si fueron las características de un ambiente receptivo y acogedor las que el bebé fue incorporando de su ambiente y las que más adelante le permitieron contar con la capacidad de estar solo. Desde un inicio, éste se presentó como un bebé fácil de calmar. ¿O es que nació con un tipo de temperamento que facilitó la comunicación con su madre? Se trataba de un bebé que solía despertarse de buen humor pero que además podía pasar unos minutos en la cuna observando a su alrededor y jugando con su propio cuerpo antes de llamar a su mamá. Y cuando lo hacía, emitía algunos ruidos pero no lloraba con angustia.

Más adelante, el bebé fue haciéndose más autónomo y esto trajo un cambio en la madre. Percibí que ésta ya no realizaba con tanta facilidad su rol de cuidadora primaria y empecé a notar algunas dificultades para jugar con su bebé. Por ejemplo, cuando éste intentaba explorar algún juguete del ambiente que había sido implementado como su sala de juegos, la mamá solía interrumpir el proceso para sentarlo cerca de una torre que ella había armado y quería que él derrumbe. Solía también dejar al infante más tiempo conmigo. En esa época, mi actitud en relación al rol de la madre se tornó más crítica ya que consideraba que la mamá estaba disminuyendo su capacidad para responder a las demandas de su hijo. No obstante, más adelante pude pensar en todo el tránsito por el que pasa una mamá desde su embarazo y la velocidad a la que debe adaptarse a cada cambio. En un inicio, la mamá tuvo que renunciar en gran medida a ella y a sus necesidades para ponerse al servicio de su bebé; luego, empezar a dosificar ese servicio para poder darle un espacio para crecer. Ahora debía escuchar y acoplarse al ritmo de su hijo y al mismo tiempo elaborar todo lo que implica que él vaya dependiendo cada vez menos de ella.

Del lado de la mamá, también se estaba dando un cambio. Al inicio su hijo necesitaba que ella esté a su lado la mayor parte del tiempo, alimentándolo o meciéndolo; sin embargo, luego fue necesitando menos de su cercanía física y presentando otra serie de necesidades como la capacidad de su madre para tolerar que se vayan separando y confiar en los recursos de su bebé para gatear sin golpearse o para resistir una caída al empezar a caminar. Su rol como mamá estaba cambiando y eso debe haber generado una serie de cuestionamientos en relación a sus funciones y la relevancia de las mismas.

Hacia los últimos meses del proceso de observación, tuve la oportunidad de contemplar a un bebé con una gran capacidad para entretenerse sólo sin que ello obstaculice su capacidad para interactuar con los demás. El bebé se mostraba con muchas ganas de explorar su entorno y podía alejarse de su mamá aunque el espacio que deseaba explorar no estuviese tan cerca. Asimismo, la mamá lograba descifrar las señales de su bebé de manera muy eficiente; es decir, identificaba si la queja era una señal de sueño, de hambre o de algún otro pedido. Considero que el tener una rutina clara ayudó a la madre a poder traducir las necesidades de su hijo con facilidad. Además, algunas de las características particulares que la mamá empleaba para hacerlo dormir fueron siendo incorporadas por el bebé de modo que él también lograba adormecerse solo. Al inicio, la madre solía acariciarle la cara con una tela de textura suave y meses más tarde el bebé solía coger una tela con las mismas características y sobarse la cara hasta quedarse dormido.

Cuando algo no salía como él esperaba, buscaba a su mamá y lograba calmarse fácilmente con ella. El bebé parecía estar desarrollando la capacidad de contenerse con su fantasía gracias a que había tenido una mamá que le permitía sentirse acompañado. Considero que, a lo largo del año de observación, se hizo evidente cómo el bebé fue introyectando las características de su ambiente y las fue haciendo propias. Desde un punto de vista más personal, la experiencia me confrontó con todo el tema de la complejidad del cuidado en el vínculo temprano entre una madre y su hijo. No sólo se trata de satisfacer las demandas físicas y calmar al recién nacido sino que también hay que ir sembrando herramientas que más adelante le sirvan para sostenerse a sí mismo. En muchas ocasiones, tuve el impulso de responder a algún llamado del bebé cuando la mamá no estaba presente sin pensar en lo que la demanda significaba o en la importancia de que la madre no esté todo el tiempo presente para cubrir sus necesidades. Ahora pienso que si la mamá hubiese estado también en esos momentos en los que el bebé se despertaba y se entretenía solo en la cuna antes de empezar a llorar, él no hubiese tenido la oportunidad de desplegar las herramientas mentales que probablemente ya estaba desarrollando.

Descubrí que la madre actúa como un filtro de toda la estimulación que proviene de afuera pues tiene que elegir en función de las características de su bebé. Debe estar atenta a los umbrales dentro de los cuales su hijo se siente cómodo y esto la obliga a renunciar a un intercambio automatizado de satisfacción de necesidades concretas. Además, la madre también actúa como un filtro que protege al bebé de ella misma ya que debe intentar poner a un lado sus deseos y sus propias expectativas. Se percibe una suerte de renuncias constantes a uno mismo para darle espacio a otro que depende de uno.

Se suele hacer una analogía entre el rol que cumple una madre suficientemente buena y el rol que debe cumplir el terapeuta con su paciente. Desde este punto de vista, pensaba en la dificultad que muchas veces representa contener las angustias, las agresiones u otras emociones de los pacientes. Ello me llevó a pensar en la enorme tolerancia que tuvo la mamá para hacerse cargo de las angustias de su bebé estando inmersa en dicha relación. Al finalizar el proceso de observación, se dio la oportunidad de tener una conversación de cierre con la madre. Ella pudo reconocer que durante algunos meses se sintió prisionera de su bebé y comentó que antes de su embarazo, había tenido una vida muy activa en el ámbito laboral y no estaba habituada a estar tanto tiempo en casa. Sin embargo, afirmó que en el transcurso de los meses fue notando la complicidad que se estaba desarrollando con su hijo y que sólo eso ya valía la pena.

Referencias bibliográficas

Bion, W. (1963). Elementos del psicoanálisis. Buenos Aires, Argentina: Lumen.

Klein, M. (1957). Envidia y gratitud. En: Obras completas. Buenos Aires, Argentina: Paidos.

Suderland, M. (2006). Los niños “deberían dormir con sus padres hasta que ellos tengan cinco años”. En: http://mimosytetablog.com/wp-content/uploads/2009/05/colecho-hasta-5-anos.pdf

Winnicott, D. (1960). La pareja madre-lactante, en el encuadre psicoanalítico. En: Obras completas. Buenos Aires, Argentina: Paidos.

(1947). Nuevas reflexiones sobre los bebés como personas. En: Obras completas. Buenos Aires, Argentina: Paidos.

(1949). La mente y su relación con el psique-soma. En: Escritos de pediatría y psicoanálisis (1981). Barcelona, España: Laia.

(1951). Transitional Objects and Transitional Phenomena. En: International Journal of Psycho-Analysis, 34 (1), 89.

(1971). Mirror-role of Mother and Family in Child Development. En: Playing and Reality. Londres, Inglaterra: Penguin Books.

Susana Delgado

Susana Delgado

Psicóloga clínica, egresada de Inter-Cambio Instituto de Psicoterapia Psicoanalítica. Trabaja con niños, adolescentes y adultos en la consulta privada, además de haber realizado trabajo psicopedagógico en CEPREPUCP.