La interpretación: el yo historiador y la revuelta

Clínica, Teoría

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El psicoanálisis desde su origen siempre se distinguió por ser contestatario, diríamos que desde sus inicios fue conquistador e iconoclasta. Sumergirse en él requiere entonces de cierta audacia y, al mismo tiempo, de cierto rigor. El texto psicoanalítico, si se tratara de un paciente o de un escritor, podríamos decir que no le pertenece a aquel que lo escribe sino a aquel que lo lee o a aquel que lo reconstruye. Es un acto creativo compartido que se ubica en una temporalidad especial en donde el concepto de tiempo pasado, presente y futuro, que es visto en la vida cotidiana como lineal y mecánico, se transforma en el análisis en un concepto dialéctico que da lugar a la posibilidad de encontrar causalidades y donde el futuro y el pasado se condicionan recíprocamente dándose mutuamente significado en un presente. Sin esa temporalidad no sería posible entender el psicoanálisis como un método terapéutico puesto que solo así es posible modificar la historia en una nueva dinámica. Nuestra noción del tiempo se haya construida sobre la ilusión de la sucesión constante e interminable de momentos como experiencias vividas de diversas maneras y en diferentes áreas de la vida. Una experiencia, un suceso, dejan su marca en tanto son significativos, y algo se vuelve significativo en relación con lo ocurrido antes del suceso o lo que ocurrirá más tarde. Podríamos agregar que la historización analítica que opera en un movimiento retroactivo, tiende a sustituir una historia que podríamos llamar falsa por una que podríamos denominar verdadera. La historización tiende a establecer relaciones, el análisis intenta ligar, hacer comprensible lo vivido, especialmente lo que fue desligado por la pulsión de muerte.

Junto con lo dicho, señalemos que el concepto dinámico de la situación analítica se registra simultáneamente en dos niveles: por un lado, un contenido ideativo y, por otro, una presencia afectiva. Esto nos permite afirmar que un analista escucha a su paciente con su mente y sus afectos y que son estos los que hacen posible el entendimiento del discurso del analizando. Antonino Ferro (2001) llamaba a ese escenario un “campo emotivo” en donde existían “ondas emotivas” entre el analista y su paciente, por las cuales era posible seleccionar los contenidos que se activaban durante la sesión psicoanalítica, lográndose una “armonía narrativa”, que suponía poner en secuencias, en ritmos, en imágenes, lo que antes era confuso, caótico y pre-verbal.

En relación con lo que hemos mencionado, a la vieja pregunta que el hombre occidental a partir del renacimiento se formuló sobre quién era él, la subversión y profundidad psicoanalítica planteó que en vez de buscar en la intimidad de una conciencia de sí mismo que como un haz de luz nos entregara una verdad tanto singular como universal acerca del ser humano, de su sentir, de sus deseos, de sus poderes, más bien debía instituirse como fundamental la relación con el otro como condición de acceso posible a lo que no puede ser revivido ni representado en la referencia a sí mismo. Esta relación es, sin embargo, muy diferente a las relaciones interpersonales que se dan en la vida cotidiana. Esta vez, habla uno con un otro que está dispuesto a escuchar lo que aquel quiera decirle. Además, esta relación, como hemos mencionado, pasa necesariamente por poderosos afectos. Es como sí el individuo pudiera hablar en libertad, sin restricciones, con su interlocutor. Este, se va a mantener fuera del campo de realidad de quien habla, absteniéndose de formular todo juicio sobre las propuestas que escucha, así como sobre la pertinencia de los enunciados y del valor de los mismos. El interlocutor, a quien llamaremos “el analista” en esta experiencia, da cuerpo a la ilusión siempre presente en la mente humana, de encontrar en la realidad a un otro que garantice la certeza de aquello que el sujeto siente que lo define y define a la realidad. Esta ilusión es causa y no efecto de la transferencia. El efecto transferencial será hacer creer al individuo, que ahora llamaremos paciente, que en el momento de la relación su ilusión es realidad.

Esto nos plantea un reto y al mismo tiempo una invitación. El reto de enfrentarnos a una realidad diferente (recordemos que Julia Kristeva nos decía que el psicoanálisis se acercaba mucho más a la creatividad artística que a las ciencias exactas) y además la invitación de asumir que entrar a la creatividad humana es profundizar en conflictos, realidades con comillas o sin ellas, que nos permiten transformar, imaginar y crear.

En su texto Un intérprete en busca de sentido, Aulagnier (1994) nos ilustra acerca de cómo las interpretaciones del analista permiten al paciente elaborar una construcción que devuelve su sentido a una página “perdida” de la historia del sujeto y, al hacerlo, pondrá en marcha formas de funcionamiento tales como la rememorización, la asociación, la negación, es decir, descubrirá que ciertos elementos de su historia actual son repeticiones de su historia pasada y que la interpretación es lo que va a permitirle descubrir leyes del funcionamiento psíquico, y “remodelar de acuerdo con una nueva arquitectura, una parte de las construcciones a través de las cuales se contaba la historia de su infancia” (p.97).

Kristeva, en su libro El porvenir de la Revuelta nos decía en este sentido, que Proust regresaba en sus narraciones a la época de la infancia, de la casa materna, de los recuerdos tempranos, de los campos y de las tías mayores y encontraba en ese retorno, las bases para lo que él llamó la recuperación del tiempo perdido. Pedro Salinas (2004) decía que, en la penumbra de la conciencia y al conjuro de sensaciones difusas y furtivas como las de un perfume o un sabor, se cobijan, se asocian y se mezclan las cosas más distintas y las ideas y sentimientos más diversos, en un presente anímico, renacido del olvido, para que el escritor lo salve poéticamente del transcurrir del tiempo que los había sepultado en el olvido. Esto corresponde, si lo miramos bien, a lo que hace el analista y su paciente en el proceso analítico. Agreguemos que Proust se da cuenta que la verdadera percepción de los objetos solo se nos entrega en el recuerdo involuntario, tal y como ocurre en el célebre recuerdo de la magdalena, él comprendió que la vida no puede ser entendida en el momento de vivirla sino al evocarla y al recrearla. Si leemos estas ideas del gran escritor a la luz del trabajo analítico y del tiempo psíquico, podríamos agregar que debajo de la conciencia atomizada parecería existir una unidad de percepción que sintetiza este fluir perenne del tiempo, pudiéndose arrancar un fragmento de vida que demostraría que nuestra verdadera naturaleza se encuentra fuera del tiempo.

Volvamos a la situación analítica. En ella se da siempre una interrelación entre la interpretación que favorece que el paciente le encuentre sentido a la construcción, siendo como sí cada interpretación le diera al analizando insumos para poder ir construyendo una nueva historia de sí mismo, que hasta ese entonces le era desconocida. Asíentendemos la relación entre el analista y el analizando y creo que esa era la base que Freud le dio a una técnica que fuera capaz de conducir al sujeto a rememorar lo que la “amnesia infantil” había reprimido y de esta forma generar en él una “convicción” acerca de la verdad de nuestro trabajo. Sin embargo, el propio Freud se preguntaba por qué esa convicción reemplazaba muchas veces a la rememoración lo cual no alteraba el resultado del análisis. Aulagnier (1994), citando a Freud decía que:

“…sucede con frecuencia que no logramos que el paciente rememore lo que fue reprimido. Sin embargo, si el análisis ha sido correctamente llevado, inducimos en él una convicción inquebrantable sobre la veracidad de nuestra construcción, lo que conducirá al mismo resultado terapéutico que la rememoración del recuerdo” (p.97).

Freud se refería a un recuerdo aislado, a un fragmento de la historia y no a una construcción que abarcara todo o que sustituyera en totalidad los vacíos responsables de la amnesia infantil. Quizá tenga que ver en la convicción del analizando, la convicción que pueda experimentar el analista en su trabajo que se relaciona con un lento y difícil aprendizaje a lo largo de su práctica, en la que se entrena en seguir paso a paso el discurso creado por el deseo del paciente que no es el suyo, frente al cual debe hacer callar su narcicismo y sus creencias para convertirse en escucha de un discurso que solo en función de la singularidad de su paciente tiene el derecho de interpretar.

Nos estamos refiriendo a la construcción de una historia que se plantea en términos diferentes a los de la historia vivida puesto que se le da un significado distinto. Por esto Piera Aulagnier en su texto El aprendiz de historiador y el maestro brujo (2003) habla del yo como aprendiz de historiador, que tiene precisamente la función de ser un constructor. El maestro brujo es el ello. La tarea del psicoanálisis será la de buscar el acontecimiento que afectó a la psique infantil, en dilucidar como la irrupción del afecto detuvo el proceso de identificación. El yo, en el análisis, podrá entonces sustituir un tiempo vivido y perdido, por una historia identificatoria que vuelva aceptable su presente y susceptible de investir su futuro. La interpretación tendrá este objetivo. En otras palabras, su objetivo será que el yo pueda ser un historiador para pensarse a sí mismo. El yo se constituye sobre el discurso que tiene de sí mismo y se aplica a la tarea de transformar los fragmentos de su pasado, tanto si proceden de él mismo o de los otros en una construcción histórica. Gracias a la interpretación se descubre auto-historizando. Además, descubriendo un sentimiento de continuidad temporal que le permita dar a su construcción histórica un poder de explicación causal. Se apodera de la noción de tiempo, la cual ahora sólo tiene sentido en relación a sus deseos y a la autopercepción de sí mismo, pero, la característica de este descubrimiento en el contexto de la relación analítica es que la historia a la que nos referimos es la de la relación del yo con sus objetos. Esto es una historia libidinal que el yo no puede enfocar si no es indirectamente, pasando por el otro. El yo incluye en él mismo lo que toma de la parte preexistente, y el trabajo de la interpretación consiste en darle información al respecto. El ejemplo de lo que pasa en el extremo patológico cuando no hay ese referente que es el otro, es decir, cuando no existen otros que trasmitan al sujeto los “primeros párrafos de su historia” y su pre- historia personal se daría, dice Aulagnier (2003), la no-historia que caracteriza al esquizofrénico. Es por esto que en esa severa alteración, surgen las fantasías de auto-engendramiento.

De lo que se sirve la interpretación del analista que pronto será la interpretación del paciente, es del hecho que el yo se siente obligado a escribir-construir la historia de su propio pasado para que su presente tenga sentido y para que la idea de futuro resulte pensable. Esta parece ser una tendencia del ser humano a la cual Castoriadis denominaría la “necesidad de dar sentido” (1998, p. 54). La relación entre ese tiempo vivido en un pasado más o menos remoto y definitivamente perdido y la historia que lo habla y por la que un “tiempo muerto” puede hallar espacio en un “discurso vivo”, forma parte de lo que encontramos en nuestra práctica psicoanalítica. Podríamos decir que se trata de un encuentro entre dos historiadores y dos versiones: la del analista que es entregada a través de la interpretación al paciente, y la que trae el paciente que empieza recién a ser mirada por él. Pero, hay que agregar una tercera versión que es la resultante de ese encuentro y que es por lo tanto firmada conjuntamente por dos autores. El llegar a esa tercera versión es la meta analítica. Se mezclan en ese encuentro las “experiencias reales” que modificaron la historia del sujeto y las “circunstancias fantasmáticas” que acompañan a su presentación. A este par se interponen las “circunstancias interpretadas” que son la obra del yo, el cual como historiador debe establecer las causas y efectos de las batallas ganadas o perdidas, de las alianzas respetadas y las traiciones sufridas.

De esta forma, Julia Kristeva en su Porvenir de la revuelta (1999), nos plantea que el psicoanálisis nos reconcilia con el “destiempo” que es el de la pulsión y más específicamente, el de la pulsión de muerte. La interpretación analítica, a diferencia de cualquier otra traducción o desciframiento de signos, es dar sentido más allá del juicio. Es des-tiempo y modificación del juicio. Es, dice Kristeva, una re-vuelta íntima mediante la cual recién podemos permitirnos experimentar intimidad. El vínculo entre analista y analizando es real y sin embargo, eminentemente imaginario y propicia la actualización de la experiencia pasada, de la memoria, especialmente de la memoria traumática y su re- elaboración. Busca las páginas olvidadas en las que duerme su eros, las metáforas que realzan o diluyen, como diría Proust, citado por Kristeva (2005) el misterioso sabor de la magdalena. Pero luego de diluirlo, lo hacen vivir, revivir y durar. En eso consiste la infancia recobrada o el tiempo recobrado.

Conforme el analizando va tomando confianza en el interés que en él pone su analista y en su capacidad para contener emociones de amor, odio, temor, angustia y depresión que surgen y se desarrollan en la relación terapéutica, el yo dice McDougall (1994), empieza a mostrar sus diferentes teatros psíquicos en los que se expresan sus conflictos. De acuerdo a lo ya mencionado se empiezan a aceptar los personajes internos guardados en la infancia y descubiertos en la conjunción de la interpretación y la toma de conciencia. En otras palabras, los pacientes oyen las voces olvidadas del pasado, temores y fantasías ocultos en la bruma de la infancia, llegándose a crear un nuevo escenario en el cual se representa el drama de la vida que se desarrolla ante nosotros. Alguien diría que el yo revela facetas desconocidas de sí mismo que corresponden al pequeño Edipo neurótico o perverso y torturado por sentimientos de culpa, atrapado en el laberinto de lo prohibido o al aún más pequeño Narciso cubierto de vergüenza, inconforme y luchando por lo imposible. El analista se convierte en cualquiera de los personajes que componen ese mundo interno, suscitando similares emociones de parte del paciente, sin olvidar que él también está expuesto a sus propios personajes internos y dramas secretos que en gran parte guían su interpretación.

El proceso psicoanalítico permite que el yo saque a la luz, las partes escindidas y sin embargo, fundamentalmente necesarias para cada uno de nosotros. El amor y el odio pueden entonces recién reconciliarse. El psicoanálisis busca darle, y se vale de la interpretación, un nuevo sentido al pasado, permitiéndole al paciente tomar posesión de sus potencialidades abandonadas, ampliando su capacidad de sentir y pensar sin necesidad de dejar de estar en conflicto.

Fue Green (2005) el que sostenía que el análisis tiende a reforzar los procesos intermedios que él denomina terciarios, cuyo objetivo es coordinar, sincronizar y traducir los procesos primarios y los secundarios. Recordemos que los primarios se rigen por el principio del placer y por lo ilógico del inconsciente, los secundarios en cambio están unidos por representaciones y una orientación temporal y lógica más fuerte. Los llamados terciarios están para dirigir y ayudan a evitar de ambos lados, la censura del preconsciente. Esta idea de procesos terciarios se inspira en el concepto de “área intermedia” de Winnicott (1992) que es la que corresponde a la fantasía y a la creatividad. Como podemos deducir, la interpretación entra a funcionar en esta área intermedia. Se acerca pues a la idea de la creatividad estimulada por la interpretación o la palabra del analista que favorece la representación en su paciente, que hace pensar, resonar y jugar con los diferentes niveles de representación, introduciendo con frecuencia el afecto que hace falta.

 

Caso visto en consultorio

Claudia, desterrada, “sin raíces”, siente que no posee un territorio continente donde poder ensamblarse, que no hay descanso, luce fatigada y maltratada. Necesita un refugio. Su imagen le demanda al mundo el derecho de ser adoptada, sostenida, pero siente que nadie recibe su demanda. ¿Cómo entonces, cicatrizar sus heridas? Llega donde mí un día y siento que en algún sentido “le doy crédito”, pero la asumo con cierta incomodidad, especialmente al comienzo. Paulatinamente voy cobrando seguridad y creyendo más en que soy capaz de poder ayudarla. Los objetos que posee en su interior son precarios como su vestimenta, la que responde a su actividad de vendedora de vino de mala calidad. A menudo durante el proceso de análisis venía a mi mente la imagen de su padre tal cual ella me la relató y conmovido, imaginaba su parálisis emocional al ver su cadáver al momento de su suicidio, y pienso también en su madre que fue a visitarme dos semanas antes de morir, agitada y con un color cenizo en el rostro, sentada frente a mi como un espectro, encomendándome el cuidado de su hija.

Claudia, desde niña, había experimentado la necesidad de una madre que la piense a ella y no a sí misma, como sugería la mujer casi agonizante que apareció en mi consultorio. Poco a poco le fui comunicando esas sensaciones. Al comienzo se sorprendió, llegando a enfurecerse, pero conforme pasaba el tiempo, evidenciaba su necesidad de ser recibida y me encontraba cada vez más dispuesto a recibir su cólera y su pena. Conforme se desarrolló el proceso psicoanalítico, ambos, ella y yo, vamos abriendo camino en una hojarasca a través de mis señalamientos y su disponibilidad a ir recibiéndolos, diferenciándose poco a poco, no sin dificultad. Así no parecía posible al inicio, que asumiera que tenía una historia previa. Su yo, abrumado, no parecía tener posibilidades de ser “historiador”. Parecía estar convencida de que su vida infortunada empezaba al morir su padre. Antes de ese momento, los recuerdos se esfuman. No podía verse a sí misma más que como “la damnificada”, a quien nadie recibe. Sin embargo, me va percibiendo como alguien que puede ayudarla aunque no sabe bien como lo hará. Tuve varias veces la fantasía de que era una bebita a quien antes de morir, su madre deja en la puerta de mi consultorio para que yo “me haga cargo”. Durante largo tiempo no existo como un “otro”. Solo soy un referente vago de la realidad a la que poco a poco va mirando y descubriéndose. Se da cuenta entonces que la palabra puede llegar a suscitar que se mire a sí misma, al comienzo horrorizada y poco a poco, más serena. Pasan varios años antes de que pueda dirigirme su cólera claramente pero también su erotismo. Antes de esos momentos, Claudia parecía temer que sus deseos agresivos mataran. Era, y se lo dije, como secuela de la culpa por la muerte de su padre y su madre. Cuando me ve como otro, pregunta por mí, por mi vida, y sobre todo pregunta si puede confiar en que yo no me moriré. Le hago saber que el hecho de querer a alguien no supone que este muera como lamentablemente sucedió con una compañera muy cercana y querida, que para aumentar su desdicha muere en esos días de cáncer, como su madre.

Transcurrieron algunos años antes de que se permitiera soñar conmigo. Entonces pudimos trabajar sus sueños. Esta vez, las interpretaciones tenían un asidero en lo que ella me contaba de lo soñado. Fueron sueños inicialmente muy frustrantes en los cuales me veía rechazándola, cerrándole la puerta del consultorio. Más adelante empieza a contar sus sueños de cercanía conmigo, como queriendo comunicarme la necesidad de brazos que no había tenido y que la pudieran sostener. Trabajamos bastante la disminución de sus miedos hacia mí y la posibilidad de depositarme sus pulsiones, oscilando siempre entre sentirme como una madre sostenedora o como una bruja que la pudiera dañar a quien hay por lo tanto, que destruir. O bien como un padre fuerte que la protegía y la cuidaba, dándole seguridad, o por el contrario el padre frágil y melancólico de su historia que no la podía sostener porque no podía sostenerse a sí mismo. Es por eso que en algún momento la idea de que yo estuviera gravemente enfermo la angustia, especialmente en una oportunidad en que me vi precisado a cancelar citas por estar agripado. Su fantasía la llevaba a sospechar que yo podría estar con cáncer, como su madre.

Por esa época muere un amigo mío, conocido de ella. Ella fantasea, no sin razón, que yo me podía deprimir y que entonces podría matarme como su padre. Como en la mayoría de los sucesos relatados, se lo dije, le dije que estaba sintiendo miedo a que yo fuera como su padre. Me esforzaba en hacerle tomar conciencia que era como si me viera representando el papel de sus objetos internos que, aunque muertos, vivían dolorosamente en ella.

Fue para mí muy claro que al sentirme yo seguro de mí mismo y de poder ayudarla a salir de su problema, ella se sentía más segura de poder hacerlo. Fueron muchas las veces que en ese largo camino dudé de poder ayudarla. A veces me sentía muy fatigado después de sus sesiones. Sentía que había demasiada muerte y que me agobiaba. Después de un tiempo pude comprender que Claudia se garantizaba mi comprensión haciéndome sentir algo de sus propios vacíos y vacilaciones y se lo dije. Creo que con el transcurrir de la relación, quedaba claro que el análisis representaba para ella el papel de un escenario donde mirarse a sí misma y de un continente unificador.

El tiempo ha pasado y hoy me sorprendo muchas veces pensando en ella, en Claudia y en su destino. Tengo la satisfacción de creer que el tiempo que anduvimos juntos fue necesario y útil. Me veo a mi mismo al comienzo del proceso preguntándome si no era demasiada responsabilidad “tomarla a mi cargo”, pero creo que algo me hizo ver en mi paciente los extraordinarios recursos que poseía además de su inmenso coraje para enfrentarse a la vida y a la muerte. Por esto pienso que me enseñó mucho acerca de mí y del valor que tiene el ofrecer un continente en donde poder buscar juntos su capacidad para dar sentido a lo vivido.

La conviccionalidad frente a mis interpretaciones fue en un aumento paralelo al cambio que se operaba en ella. Con el tiempo, conoció a un hombre con el que se casó, viajó a estudiar fuera y logró una serie de éxitos académicos y profesionales. Tuvo un hijo a quien quería entrañablemente. Creo que de alguna forma, Claudia se incorporó en mi historia, viviendo aún en mí en el recuerdo de ese trecho del camino que anduvimos juntos.

El tiempo psíquico es el punto en el cual la subjetividad se ancla. Desde ahí es donde es posible ubicarse en el presente y actuar o sumergirse en el pasado y recordar, modificar los recuerdos, olvidarlos o dirigirlos al futuro. Al comienzo Freud creía que la recuperación del recuerdo por medio del análisis y su interpretación evitaba la repetición, por esto, el analista de ese entonces intentaba a toda costa buscar el recuerdo, pero más adelante Freud repara en que cuanto más fuerte fuese la repetición, más difícil resultaba recuperar el recuerdo. Era indispensable contar con la transferencia para lograrlo, haciendo que Freud hiciera coincidir la repetición con la noción de resistencia. El presente juega un papel central en ese proceso puesto que se nutre del pasado y no nos referimos al tiempo convencional sino, al tiempo que transcurre en el interior del ser humano, al tiempo subjetivo. Por esto podemos afirmar que el tiempo freudiano, el de la fantasía, es el del fondo representacional que sirve para construir la realidad; a ese alude la interpretación analítica.

Interpretar, para Aulagnier (1993), es comunicar un pensamiento, que en psicoanálisis no se reduce a una traducción teórica de algo oído que hay que decodificar. Interpretar es, más bien, crear sentido y postular significaciones que no existen sino gracias a esa extraña construcción nueva que llamamos análisis. Construcción que es el resultado de un vínculo de dos partícipes y un trabajo psíquico. Este acto de interpretar aparece en momentos privilegiados de nuestra función, en los cuales nuestra intervención realiza una deconstrucción crítica de una “verdad” en la que el sujeto cree, con una convicción defensiva.

La interpretación pretende el reconocimiento de saberes parciales que sirva para el trabajo crítico transformador. Es por esto, sostiene Galende (1997), que una vez efectuada la interpretación psicoanalítica, y cuando deviene en crítica la cultura y sus fenómenos, ya no le pertenece exclusivamente a los psicoanalistas, porque otros continúan esa interpretación contenida en los relatos de la cultura, estableciéndose la misma dialéctica entre profundidad y superficie. Habría que remarcar por último, que un gran aporte freudiano señala que no se trata nunca de un “lector” que mantenga su distancia con el “texto”; la singularidad de la interpretación psicoanalítica en todos los ámbitos en que opere, es que la subjetividad del intérprete está siempre implicada en la interpretación.

Es sumamente importante que el analista sepa dejarse habitar por lo que en él genera el analizando con su transferencia, y que ella vaya saturando al vínculo. Sólo así este podrá ser descifrado y el paciente logrará un desarrollo más adecuado. No olvidemos que la interpretación cuenta con la tendencia al desarrollo del paciente más que con un supuesto poder curativo del analista. La función interpretativa del analista es uno de los modos de su participación en el proceso, pero lo esencial, dice Meltzer (1968) es ilustrar al paciente sobre cómo el analista genera pensamientos. Esto es lo que el paciente puede integrar en su forma de pensar o, en otros términos, transferir a sus objetos internos, que así adquieren capacidad analítica de pensar y observar.

 

Referencias Bibliográficas

Aulagnier, P. (1994). Un intérprete en busca de sentido. Madrid: Siglo XXI.

Aulagnier, P. (2003). El aprendiz de historiador y el maestro brujo. Buenos Aires: Amorrortu.

Aulagnier, P. (1993). La violencia de la interpretación. Buenos Aires: Amorrortu.

Castoriadis, C. (1998). Hecho y por hacer. Buenos Aires: EUDEBA

Ferro, A. (2001). La sesión analítica. Buenos Aires: Lumen

Galende, E. (1997). De un horizonte incierto. Buenos Aires: Paidós.

Green, A. (2005). Ideas directrices para un psicoanálisis contemporáneo. Buenos Aires: Amorrortu.

Kristeva, J. (1999). El porvenir de la revuelta. Buenos Aires: Fondo de cultura económica. Kristeva, J. (1998). Sentido y sinsentido de la revuelta. Buenos Aires: EUDEBA.

Kristeva, J. (2005). El tiempo sensible. Buenos Aires: EUDEBA.

McDougall, J. (1994). Teatros de la mente. Madrid: Julian Yebenes Editores.

Meltzer, D. (1968). El proceso psicoanalítico. Buenos Aires: Hormé.

Salinas, P. (2004). Estudio Preliminar. En: Proust, M. Obras completas. Tomo I. Barcelona: Aguilar.

Winnicott, D. (1992). Realidad y juego. Barcelona: Gadisa.

 

 

Luis Herrera

Luis Herrera