La transferencia hoy: teoría y clínica

Clínica, Teoría

La transferencia es la columna vertebral de todo tratamiento psicoanalítico. Edwar Glover en 1945 alrededor de las Controversias en la Sociedad Británica de Psicoanálisis, condujo una investigación entre psicoterapeutas de diferentes corrientes psicoanalíticas y el único punto en el que estuvieron todos de acuerdo, fue que en todo tratamiento psicoanalítico lo importante es analizar la transferencia. Lejos estamos de la idea del analista como una pantalla en blanco donde el paciente proyecta todos sus contenidos y emociones, hoy es muy difícil concebir a la transferencia sin su inseparable pareja la contratransferencia, ambos inmersos en lo que se denomina el campo psicoanalítico.

La Transferencia en sus inicios fue vista como una resistencia para luego convertirse en el motor de la cura. La primera transferencia que aparece es la amorosa que luego le da a Freud las evidencias para postular el complejo de Edipo. Luego del “giro de los años 20” la transferencia ya sea positiva o negativa, adquiere el carácter de repetición (punto de vista dinámico), es decir compulsión a la repetición de una constelación originada en la infancia, que a menos que no sea analizada tenderá a reproducirse en forma espontánea (automatismo). Esta repetición no solo se hace bajo el principio del placer sino también para repetir un displacer. Aquí la dinámica se vuelve coerción y el movimiento en lugar de abrir la posibilidad de extender el campo de las investiduras, muta a una restricción esterilizante de naturaleza compulsiva. Originalmente Freud pensó que los pacientes psicóticos no hacían transferencia, podría decirse que desde esta perspectiva el acento recae en la transferencia del paciente.

Con las contribuciones psicoanalíticas posteriores y el desarrollo de la teoría de las relaciones objetales, hay un giro de lo pulsional a lo objetal. Se da paso a lo que se llamó “La psicología de dos personas”, Green prefiere llamarla “situación dialógica”. Es decir hay doy personas diferentes e involucradas en un proceso. Ya no solo es el paciente que transfiere sino que el énfasis entonces vira a lo que Melanie Klein (1952) considera la transferencia como una situación total, Betty Joseph (1985) nos dice que lo que el paciente trae al análisis es mejor entendido si uno enfoca lo que está pasando en la relación, es decir cómo el paciente usa al analista, junto y más allá de lo que dice. Los hechos narrados en realidad son un disfraz que puede comunicar la realidad interna del paciente, considerada, sin embargo, como dada, a la espera de un intérprete que aclare el funcionamiento, encontrando la raíz de esto en fantasías inconscientes. Hay innovaciones para el modelo kleiniano, tomarlas sumarizadas por Elizabeth Both-Spillius (1983) Ella nos habla de cuatro componentes:

  1. La importancia que se le da a la realidad interna y a la realidad externa
  2. El reconocimiento de un espacio interno en el individuo, donde suceden los hechos de las fantasías inconscientes.
  3. Adelantar a etapas más precoces los conflictos (el Edipo y el Superyo) y dirigir la mirada a las angustias más primitivas, ligadas a los objetos parciales.
  4. La descripción de la identificación proyectiva como mecanismo para liberar la mente de las propias angustias evacuándolas fuera y alguna vez dentro de alguien que se convierte en receptor de este proceso.

Un modelo intermedio es el que nos plantea Winnicott (1958) con el concepto de madre- ambiente, amplía la concepción psicoanalítica de la “matriz de la transferencia”. “El infante no solo tiene una relación con su madre como objeto sino también con la madre como medio ambiente”. Su concepción del espacio transicional como: La zona intermedia de experiencia constituida por los objetos transicionales y los fenómenos transicionales. Se trata de un espacio potencial que no corresponde plenamente a la realidad interior ni la realidad exterior o realidad compartida, pero que participa de ambas: el espacio transicional. Un espacio siempre móvil, que rige la paradoja. Una zona de ilusión donde el bebé tramita lo subjetivo y lo objetivo. Una tercera zona que es el lugar donde vivimos el jugar y la experiencia cultural.

La propuesta de Bion, que para muchos no es una continuación de la obra de Klein, sino que resulta en una propuesta diferente. Para él el encuentro con el paciente es el encuentro de dos mentes. Para Bion el analista está presente con todo el peso actual de su vida mental: las identificaciones proyectivas no son sólo las evacuativas y perturbadores del paciente hacia el analista, sino que también son una modalidad normal de las mentes de los hombres para comunicar: por lo tanto serán compartidas y cruzadas. Después de Bion es necesario considerar la continua interactividad entre analista y paciente para determinar todo desarrollo y desenlace de un recorrido analítico. Es una manera nueva de entrar en el campo de la mente del analista, de su funcionamiento y de sus disfunciones. Bion primero se ocupa del aparato mental necesario para poder pensar, antes que los contenidos. Si para Freud los contenidos tenían que ver con lo reprimido, para Klein con lo disociado y escindido, para Bion es el lugar donde pensar los pensamientos, sobre el continente antes de los contenidos. Es ante todo una operación emocional, tal como la realiza una mamá con su bebé, en reverie, es estar al unísono con el paciente, y no buscando verdades objetivas o históricas, ofreciendo un modelo de relación mental que el paciente pueda introyectar. En este modelo el peso está en lo que pueda hacer la pareja. Las continuas interacciones entre analista y paciente determinan el desarrollo y desenlace de un recorrido analítico.

Otto Kernberg(1968) trabajando con pacientes fronterizos o “borderline” y sin entrar en el detalle psicopatológico de esta entidad clínica, describe como este tipo de pacientes no aceptan los tratamientos psicoterapéuticos, no toleran la regresión, él se pronuncia a favor de una forma especial de psicoterapia que llama expresiva. El propone la sistemática elaboración de la transferencia negativa, sin intentar su reconstrucción genética. Kernberg utiliza la transferencia positiva para mantener la alianza de trabajo, sin tocar resueltamente defensas que podrían hacerla tambalear. Al definir este tipo de trabajo Kernberg dice que difiere del psicoanálisis clásico en que no se permite el total desarrollo de la neurosis de transferencia. Este tipo de pacientes lleva a un tipo especial de transferencia, que él llama transferencia primitiva, donde la relación de objeto es parcial: “la transferencia refleja una multitud de relaciones objetales internas de aspectos disociados del self y aspectos altamente distorsionados, fantásticos y disociados de las representaciones de objeto”. Etchegoyen se pregunta si las limitaciones que Kernberg impone a sus pacientes y a si mismo, pueden agravar a la larga o la corta las mismas dificultades que él aspira a evitar.

Ahora nos acercaremos a la noción de campo Bipersonal de los Baranger (1961): ultilizando la noción de campo que viene de la fenomenología y conceptos claves del psicoanálisis kleiniano, los Baranger definen la situación analítica como la de un campo bipersonal en la que solo se puede conocer la fantasía inconsciente de la pareja, que está estructurada por la aportación de las dos vidas mentales y las identificaciones proyectivas cruzadas que se desarrollan entre analista y paciente: evidentemente con la expectativa de que el flujo de las identificaciones proyectivas sea mayor del paciente hacia el analista. Periódica y fisiológicamente se constituyen a causa de la suma de identificaciones proyectivas cruzadas, algunas zonas de “resistencia” de la pareja (no del paciente) que necesitarán de una atención particular por parte del analista, quien con la propia segunda mirada deberá reconocer e interpretar esta área ciega (que se opone al progreso del análisis) definida como “Baluarte”.

Antonino Ferro conjuga la teoría de campo de los Baranger con la los multiples aporte de Bion. Por otro lado Ogden (1994) visualiza a la subjetividad del analista y a la subjetividad del paciente encontrándose en un espacio potencial entre dos donde lo que él denomina el “tercero psicoanalítico” es creado intersubjetivamente por los dos participantes en el análisis. Por su lado Bollas (1989:108) nos dice que: “Cualquier sesión psicoanalítica es una dialéctica entre dos subjetividades, y a pesar de que cada uno de ellos forman y proyectan representaciones mentales de cada uno, la comprensión de las cuales denominamos teoría de relaciones objetales, ellas actuarán en un interjuego sucesivo de elementos idiomáticos, que yo creo es más una teoría de relaciones subjetivas. Si la teoría de relaciones objetales se refiere a la formación de proyecciones del si mismo y representaciones de objeto, la teoría de relaciones subjetivas se refiere al interjuego de dos sensibilidades humanas, que juntas crearán un ambiente único donde cohabitarán”. El área entre dos sujetos humanos que están a punto de una dialéctica humana es solo un espacio potencial, para que devenga en un área intermedia de experiencia, los dos participantes requieren de una libertad para jugar que sea recíproca. Gran parte del trabajo psicoanalítico será dedicado a permitir que el paciente llegue a este punto donde él puede sentirse libre para jugar en un espacio intermedio (Bollas 1989:108).

En la misma línea Roger Kennedy (1993:71) manifiesta su descontento con la teoría de relaciones objetales, ya que esta revela en qué forma el sujeto se relaciona con sus objetos, para él esta teoría es reduccionista ya que:”explica fenómenos psíquicos muy fácilmente, sin tomar en cuenta las especificidades del encuentro humano”

Para Green lo que está en debate en la actualidad es el reconocimiento de la transferencia en su ligazón con el inconsciente.

En este muy breve mapeo teórico, hecho como para reconocer el territorio, podríamos decir que en un inicio Freud estaba muy interesado en el estudio de sus pacientes, su constelación psicopatológica, el desarrollo del instrumento psicoanalítico, la conceptualización de la tarea clínica y los modelos mentales. Con los años poco a poco se ha ido ampliando el área de estudio, del paciente al paciente con su respectivo y único psicoanalista. Podríamos decir que en los tiempos actuales la lupa está puesta en todo lo anterior pero con mayor detención en lo que acontece en la mente del analista y como éste procesa toda esta información para la mejor comprensión de su paciente.

Quisiera ahora darles un ejemplo clínico detallado que nos permitirá ver cómo se va instalando la transferencia: Katia, una paciente a mitad de la década de los 30, inicia su primera sesión de análisis recordando lo crítico que es su marido, que jamás le puede decir un cumplido pero que sí puede notar una pequeña arruga en su falda. Prosigue contando que ella es la preferida de su padre pero que él estuvo muy ausente en su vida, estaba absorbido por su brillante carrera profesional. Recuerda a su madre también como ausente, pero implacablemente presente para corregir los modales en la mesa y buena para percibir todas sus fallas. Cuando me pareció apropiado le comenté: que tal vez al iniciar el análisis y el hecho de no poder verme, la habían remitido a situaciones donde ha percibido a sus seres queridos como ausentes o si presentes solo dispuestos a notar sus defectos. Agregué que tal vez ella está preocupada de que ocurra lo mismo conmigo, que solo vea sus arrugas y sus fallas. Su respuesta fue rápida y tajante: “¡Tu no existes! Sólo yo sé que vengo aquí, tú no estás en mi vida real, por ejemplo cuando como o cuando duermo, sólo existes en mi mente”. Me impresionó lo drástica de su inmediata respuesta, tal vez entré muy rápido y temprano al campo me preguntaba. Me impresionó también el que se refiriera al comer y al dormir como expresión de dos funciones vitales que solo atañen a una madre con sus hijos pequeños, sin esos cuidados el bebé no podría –en palabras de Winnicott- “continuar siendo”. Decido contener en mi mente estas asociaciones para no interrumpir el despliegue de la fantasía del lugar en el que Katia me había colocado y el lugar donde me había colocado con esta primera interpretación. Al segundo día, entra con una mirada penetrante, yo siento como que quiere indagar sobre mí. Al echarse en el diván comenta: “¡Ah! estefanotes…no sabía por qué todo el día de ayer estuve con esa palabra en mi mente, ahora me doy cuenta que el estefanotes estaba aquí”, refiriéndose a una enredadera que se ve a través de la ventana que ella tiene en frente cuando se recuesta en el diván. Agrega “es una cosa bien rara esta que tienes aquí, no es nada común”.

El estefanotes que ve a través de la ventana se constituye en un representante seleccionado de algo relacionado a mí, a mi consultorio, se quedó clavado en su mente, como una idea intrusiva, de procedencia aparentemente desconocida. Bollas argumenta que la mayoría de lo que acontece en un análisis –como en la vida misma- es inconsciente (Bollas 1992:4). A mi modo de ver, muchos pacientes intentan desesperadamente que el análisis transcurra por los procesos conscientes, pero a pesar de estos intentos, el inconsciente y sus derivados se hacen presentes. En el caso de Katia, al empezar la segunda semana del análisis y luego del primer fin de semana dice: “Imagínate la coincidencia, hoy mi mamá me regaló una planta de estefanotes, fue por la promoción que me dieron en el trabajo, ¿qué increíble no? Ella es una loca de las plantas raras”. Katia viene con una idea preconcebida de que va a entrar a un proceso que la aleje de todo lo que pueda evocarle a objetos que ella ha puesto lo más distante posible en su mente, pero que se encuentran presentes –sin que ella lo advierta todavía- en los motivos por los cuales consulta, debido a problemas con su esposo y su dificultad en afrontarlos. También parece decirme que por más que quiera alejar estas evocaciones, ellas se hacen presentes de una manera totalmente inconsciente. Es así que de repente yo empiezo a pertenecer a la clase de objetos que podríamos denominar: “locas por las plantas raras”, como indicio de una posible transferencia materna. En la contra transferencia yo registro todo esto, pero no siento que puedo conectar afectivamente con ella todavía, siento cautela. Me percato que Katia, es una mujer inteligente, se da cuenta de lo que está sucediéndole, es observadora y perceptiva, pero yo siento que no logro sintonizar afectivamente, que el relato habla de una cercanía que ella trata con distancia, como poniéndose a salvo. En la misma sesión en que habló del regalo de su madre trae el primer sueño al análisis.

“Estábamos ella y yo en el patio interior de la casa donde Katia pasó la primera etapa de su vida. Estábamos conversando en un rinconcito en una situación de intimidad, contándonos cosas. Su padre estaba en el escritorio y su madre en la cocina. De pronto ella nota que las bolsas de basura se habían acumulado en la puerta de la casa y que el basurero no había pasado a recolectarlas. Ella le increpa a su padre, porqué no ha hecho nada al respecto, pero nadie parece hacerle caso. Allí termina el sueño. Lo primero que asocia es: qué raro que yo esté allí en su sueño, en un patio donde se ven las cosas domesticas de la casa, allí no se recibe a la gente. Luego dice que su padre le dejaba todo a su madre, que no intervenía en estos asuntos. Es una escena edípica de reclamo al padre por no haber intercedido entre ella y su madre, en las cosas domesticas del hogar, de tal manera que se han acumulado muchos desechos que nadie recoge ni se hace cargo. El proceso está en marcha, Katia parece percibir que yo he entrado a un lugar privado, sin ser invitada. La fuerza con la que intenta negar mi existencia cubre la inmensa añoranza de intimidad, de compañía, de intercambio. El estar conmigo conversando en el patio le impresiona como una escena ajena, extraña, distante, esto en paralelo con cómo se siente conmigo en el análisis.

Para John Klauber (1976), la relación psicoanalítica es una relación, muy peculiar, pero es definitivamente una relación. La relación analítica es inherentemente perturbadora, el campo en el que se despliega, es un campo de tensión pues la relación de intimidad entre paciente y analista despierta añoranzas y genera dependencia. El desarrollo de la transferencia es siempre vivido de una forma traumática por el paciente y además el trabajo psicoanalítico al estar acorde con la realidad emocional inmediata de la sesión, permite que aflore una intensidad de la cual paciente y muchas veces los analistas vamos a sentir el deseo y la tentación de evitar. La intensidad de las emociones generadas en la relación psicoanalítica es con frecuencia subestimada. La objetividad y la distancia, que tienen que ser combinadas con una disposición inmediata por una actitud empática, también son arduas para el psicoanalista. Es en este campo de tensión donde se da el trabajo analítico, el entrar a esta área será muchas veces repelido con todas las fuerzas y recursos que el paciente tiene a su disposición. Freud (1937) en “Análisis terminable e interminable”, se percató que existe en algunos pacientes una fuerza silenciosa que se opone tenazmente al tratamiento analítico. Es decir en entrar en esa área de trabajo, pero para el analista es también una demanda difícil no solo por estar expuestos a las exigencias, y demandas de las necesidades infantiles de nuestros pacientes sino que para entender los aspectos infantiles de su paciente, el analista debe ser capaz y debe estar dispuesto a identificarse y sentir como un bebé (Mitrani, 2001). En cierta manera de lo que quiero hablarles es de lo difícil que es el quedarse allí en esa área, cuidarla y protegerla de las tentaciones de salir de ella, algunas veces los analistas nos sentimos tentados por los caminos que creemos fáciles que nos ofrecen las teorías (E. Balint, 1993) o por las distracciones que los propios pacientes traen como medio de evadir el dolor psíquico. En todo caso, queda claro que son dos los que se la juegan en el terreno analítico. Volviendo a Klauber, para él, paciente y analista se necesitan el uno al otro. El paciente viene con sus conflictos, dolores e imposibilidades, no sólo usa al analista para resolverlos sino como receptáculo de sus sentimientos. Por otro lado el analista necesita a su paciente para poder cristalizar y comunicar sus propios pensamientos incluyendo sus más recónditas elaboraciones acerca de los problemas humanos, que solo pueden crecer orgánicamente en el contexto de una relación. En la relación con sus pacientes el analista también refresca su propio análisis. En esta forma de participación mutua de comprensión, es que el paciente obtiene una parte substancial de su cura y el analista su profunda convicción y satisfacción. Klauber (1972) sugirió que existe un elemento provocador en la relación analítica, ya que las emociones están siendo constantemente evocadas, emociones que el analista nunca podrá satisfacer. El paciente debe contentarse con una interpretación, Klauber piensa que la capacidad para usar el análisis puede estar conectada con la capacidad del paciente de catectizar la interpretación, que los pacientes libidinisan en lugar de la persona del analista. Greenson (1974) considera que la capacidad de querer a su paciente es parte del equipo necesario para el análisis. Pero también el analista deberá contener sus afectos, Ambos paciente y analista hacen ostensibles renuncias para poder embarcarse en esta compleja tarea. La relación analítica generará muchas aristas de fricción entre paciente y analista, que al final del proceso llevarán al paciente a enfrentar la desidealización, su analista no fue el objeto esperanzador que borraría todo o que en el mejor de los casos fuera el objeto que ellos hubieran esperado, pero somos lo que ellos tienen, y eso no es poco. (Mrs. Balint: comunicación personal.

Quisiera terminar con una cita de Gregorio Kohon (2002). “Tan generoso como pueda ser el amor del analista en ciertas ocasiones, el preservar una actitud observadora le permitirá comprender los afectos que se están desplegando. Winnicott (1960) habló de la importancia de la distancia entre paciente y analista. Si esta no existe, el analista creerá que todo lo que siente su paciente se deberá a sus atributos personales. El amor del analista deber ser combinado y no confundido con el amor por la tarea misma, el trabajo, ellos no pueden trabajar efectivamente el uno sin el otro. Para ser un analista se requiere de un grado de fervor, de pasión por las ideas ofrecidas por la teoría del psicoanálisis. Pero más que nada, es esta pasión que lo mantiene vivo, real y suficientemente bueno para sus pacientes.

Referencias Bibliográficas

Balint, E., (1993): “One Analyst’s Technique” en Befote I was I: Psicoanálisis and Imagination. Free Association Books, London.

Bollas, C, (1992): “Aspects of Self Experience”, en Being a Character: Psychoanalisis and Self Experience.

– (1989): “The Psychoanalyst’s Multiple Function”. Forces of Destiny, London Free Association Books, pp.93-113.

Freud, S, (1937): “Análisis terminable and interminable”. Standart Edition: Vol 23, pp. 209- 254.

Gabbard, Glen, (1997): A Recosideration of Objectivity in the Analyst”. J.Psycho-anal, 78,15.

Kohon, G. (2002): “Love in the Time of Mandes”. En imprenta.

Mitrani, J. (2001): “Taking the transference”: some technical implications in three papers by

Bion. Int.J.Psycho-anal,82:1085

Ogden, Thomas, (1991): Analysing the Matrix of the Transference”. J. Psycho-Anal: 72,

– (1994): Subjects of Analysis. London, Karnac.

Winnicott, D. (1958): “The capacitiy to be alone“, en The Maturational Process and the Facilitating Enviroment. New York: Int. Univ. Press, 1965, pp 140-152.

Elena Piazzon

Elena Piazzon