El día que cargué a mi madre

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El día que cargué a mi madre vuelve a las tablas después del éxito obtenido tras unas pocas presentaciones a inicios del año. La obra es un proyecto testimonial muy íntimo donde las actrices, madre e hija en la vida real, se lanzan a compartir el escenario en lo que mejor saben hacer: comunicar a través de las artes. En clave lúdica, Bernadette Beouyaux y Soledad Ortiz de Zevallos, nos hablan de las complejidades propias de una relación madre e hija. ¿Cómo es que una madre y su hija crean juntas una obra que al mismo tiempo toca el vínculo entre ellas? A partir de esta inquietud, decidí entrevistarlas y conocer así el proceso de creación de esta joyita teatral que pasó desapercibida, pero que caló hondo entre quienes la vimos.

Cuando todavía estaba en Bélgica terminando de estudiar circo, Soledad, la hija, fue a ver un espectáculo de circo y, entre los actores, había una mujer de 60 años, que a pesar de sus limitaciones corporales, “era hermosa”, dice Soledad. “Yo hago circo con gente de mi edad y de pronto ver en el escenario un cuerpo así, puesto en valor, me encantó… empecé a soñar y a imaginar imágenes del cuerpo de mi mamá con mi cuerpo en un escenario”. Paralelamente a la búsqueda personal y artística de Soledad, en Lima, Bernadette, su madre, estaba viviendo el duelo por la muerte de su mamá. Esta pérdida la llevó a preguntarse muchas cosas, entre ellas, por la cadena que se teje entre una generación y otra de mujeres: su madre, ella y su hija. Así, transitando por momentos distintos de la vida y viviendo lejos una de la otra, Bernadette y Soledad deciden juntarse y crear algo juntas. “A pesar de que tratábamos de tener una relación profesional, aquí se trataba de una relación afectiva que hablaba de la propia relación y había que tomar distancia para poder crear…”, refiere Bernadette.

Lo interesante de la puesta en escena es que al inicio no había algo en concreto que ambas, madre e hija, quisieran transmitir con respecto a su relación. Ese “algo” fue naciendo en el transcurso de los ensayos a medida que empezaban a interactuar en el espacio. Sin embargo, dice Soledad, “yo ya tenía el título en mente… mientras estaba a punto de regresar al Perú yo sentía que ya no era una niña o solamente la hija de… había estado muchos años viviendo afuera sola pero sentía que por el lado de mi mamá a veces yo la cargaba, la sostenía emocionalmente, la consolaba… hubieron veces que yo pensaba qué loco cómo en la vida los roles cambian…y muy rápidamente surgió el título: El día que cargué a mi madre”, aludiendo al vuelco que a sus 25 años había dado la relación con su mamá.

En la obra hay una escena que me impresionó mucho cuando la vi. Y es que la mamá pone una mano firme en el hombro de su hija y cada vez que ésta intenta desprenderse de ella, la mamá la vuelve a retenerla recordándole “sutilmente” que aún es su hija y que está bajo su dominio. “Yo decidí meterme al teatro de manera seria después de la partida de mis hijos. De qué voy a llenar mi vida?”, me cuenta Bernadette que se preguntó en ese momento, hace ya alrededor de 10 años. Fue así que empezó a estudiar teatro y ahora es una actriz con mucha sabiduría corporal. Gracias al trabajo corporal que requirió la obra (que también resultó ser un trabajo interno profundo para las dos), Soledad ahora entiende ese dolor que su mamá sintió cuando ella y su hermano decidieron volar fuera del hogar: “En este montaje ella se puso en mis zapatos y yo también en los suyos…para mí fue fuerte escuchar en la obra a mi mamá contar cómo se sintió cuando yo y mi hermano nos fuimos de la casa. Recién allí me di cuenta que fue súper difícil ese momento para ella…”.

Si bien el objetivo de esta creación conjunta no fue hacer terapia, es evidente que pusieron sobre el tapete toda una movida de encuentros y desencuentros, de heridas, deudas y de viejos recuerdos que convirtieron en un montaje teatral intenso y trascendente. “No hay una relación madre e hija perfecta”, dice Soledad, “justamente lo bonito de esta obra es que fue real todo el tiempo y si habían conflictos, se trabajaban, y si no se resolvían, se ponían en el escenario tal cual”.

El día que cargué a mi madre nos muestra las vicisitudes propias del vínculo entre una madre y su hija a lo largo de la vida. Y en ese camino, percibo que la honestidad y la confianza parecen haber sido los ingredientes claves que ahora Bernadette y Soledad comparten conmigo. “Durante el proceso de creación hubo un momento en el que sentí que necesitaba más tolerancia de tu parte”, le dice Bernadette a su hija. “Te sentía impaciente y tu ritmo era diferente que el mío”.

A pesar de los momentos difíciles que también los hubieron, la creación de esta pieza teatral es el reflejo de una relación de amor que Soledad sintetiza así: “Yo quería que se vea en el escenario el orgullo que siento por mi mamá”.

Jennifer Levy

Jennifer Levy

Psicóloga, psicoterapeuta y magíster en Literatura hispanoamericana. Es analista en formación en la Sociedad Peruana de Psicoanálisis (SPP).