#Niunamenos: espacios creadores y transformadores

La impunidad e ineficiencia generadas por el Ministerio Público y el Poder Judicial de nuestro país frente a los casos de violencia de Cindy Contreras y Lady Guillén, gatillaron una corriente de opinión imparable y una creciente organización de ciudadanos dentro del colectivo denominado “Ni una menos”. El espacio virtual en el que se estableció este grupo fue rápidamente acogido y se convirtió en una plataforma contenedora de testimonios personales de muchas mujeres (e incluso hombres), víctimas de un sistema legal ineficaz y perverso, así como un espacio de integración de miles de mujeres que han sufrido abuso tácitamente admitido y casi normalizado de una sociedad todavía machista y patriarcal.

Las instituciones de un país deben asegurar el orden y la seguridad a través de prácticas que protejan y cuiden a sus ciudadanos. Sin embargo, muchas víctimas de la violencia han quedado invisibilizadas en la sociedad peruana. Al no hacerse justicia, han quedado postergadas a una situación de exclusión del sistema legal y, finalmente, expuestas a una sensación de desamparo; una sensación de desamparo particularmente análoga y cercana a aquella generada en la niña por un padre ausente en su rol de cuidador. Esta misma sensación, una vez establecido el espacio social (esta vez digital, altamente dinámico y de alcance nunca antes experimentado en Perú), ha impactado también sobre el psiquismo colectivo, generando un momento histórico de debate sobre algunas de las tareas de las instituciones fundamentales de una nación. Las leyes, tantas veces sin cumplirse o siendo mal interpretadas por las autoridades, han causado que percibamos al propio Estado peruano como agente pasivo e incluso perverso. La autoridad estatal deja a las víctimas a merced de la inseguridad y la desprotección, abdicando así al más básico de sus roles.

En este contexto y bajo el influjo de la tecnología de comunicación social actual (comúnmente ligada al aislamiento social, al juego alrededor del anonimato y a la búsqueda de afirmaciones narcisistas), se gestó la plataforma virtual “Ni una menos” que pasó a ser una suerte de depositario testimonial y catártico. A través de muchos relatos personales que denuncian y hacen visibles -ahora para miles- diversas situaciones de violencia, desde abusos sexuales, agresiones físicas hasta acosos callejeros, las mujeres han roto el silencio y han logrado ser escuchadas.

El contenido de muchas de estas historias de abuso y violencia compartidas en el espacio virtual revela cuánto maltrato psicológico, físico y sexual hemos sufrido desde la niñez y a lo largo de nuestras vidas. Algunas de estas historias traen reseñas transgeneracionales de sus propias madres como víctimas, lo que conduce a una espontánea confrontación con eventos de su propio legado familiar. Desde esa vulnerabilidad y dolor, muchas mujeres desconocidas entre sí han encontrado un lugar común para contar sus historias y, de algún modo, construir un espacio para la escucha conjunta. Han tejido sólidas redes de soporte y contención convirtiendo el uso de la tecnología en una actividad positiva. En ese espacio virtual, lo privado ha pasado a ser una experiencia colectiva que contrarresta la sensación de soledad e indiferencia causada por las autoridades de la sociedad, sustituyéndola por una alianza humana que permite construir caminos conjuntos de reivindicación personal y de exigencia de reformas institucionales.

Darle un lugar protagónico a la palabra y, en ese contexto, poder escribir sobre sus difíciles experiencias personales, nos ha permitido empezar a desanudar y resignificar el trauma, a desterrarlo del solitario silencio y del territorio de lo indecible e ir al encuentro de otras vivencias. Así, esta conjunción de relatos e historias se ha convertido en una experiencia grupal potencialmente sanadora. El espacio virtual tomó el lugar de un territorio intermedio entre la “realidad interna” y la “realidad externa” generando vínculos basados en un poderoso sentimiento de identificación y solidaridad, que la frase “Tocan a una, tocan a todas”, condensa muy bien.

Con esta fuerza y moción, miles de mujeres nos hemos movilizado y hemos hecho de esas historias nuestras historias para resonar al unísono y crear acciones reparadoras que reivindiquen nuestro derecho a ser respetadas y escuchadas. Lo que se ha generado mediante este movimiento que masivamente rechaza la violencia a la mujer, es un hito histórico en nuestro país. Esta es una lucha liberadora que busca resituar a la mujer en nuestra sociedad.

Así, pareciera que estuviéramos conformando una nueva y vital comunidad femenina para cuidarnos y protegernos, invocando y activando una función ancestral y materna, matriz de nuestros primeros vínculos. Del mismo modo, se ha activado un camino de acción institucional de los ciudadanos para exigir un cambio en las normas y prácticas peruanas que han permitido esta condenable situación. Es la primera vez en el Perú que el tema de la violencia contra la mujer, su tratamiento legal y su efectiva sanción, forma parte de una agenda de Estado.

Creatividad y femineidad

A partir de la organización solidaria de toda la comunidad frente a las situaciones de violencia contra la mujer, han surgido, paradójicamente, espacios potenciales para desplegar el espíritu creativo y transformador emergente. La fuerza colectiva, esencialmente femenina, ha revelado así el inicio de una recuperación y una apuesta por la salud que hoy nuestro país necesita.

Gracias a este impulso creativo, patrimonio de nuestra condición humana, se desplegaron diversos proyectos e iniciativas muy simbólicas con el fin de comunicar y transformar lo que hoy vivimos como un malestar. El grupo y el espacio virtual colectivo, con el componente emocional que ofrecen, activan mecanismos de identificación entre las mujeres y constituyen un continente reasegurador frente a la amenaza de vivir las secuelas del trauma en soledad y aislamiento. A su vez, esta plataforma virtual promueve la construcción de maneras más creativas de expresión y reivindicación femeninas.

Eventos alrededor del colectivo “Ni una menos”, como “Juntémonos a bordar”, nacieron a partir de la iniciativa de un grupo de mujeres por agruparse para elaborar trabajos (individuales y colectivos) de bordado y costura que contengan frases o motivos representativos para la marcha del 13 de agosto. Las integrantes de este grupo lograron rescatar el bordado y la costura, actividades tradicionalmente femeninas en el Perú, para reinventarlas y aplicarlas a nuestra problemática actual.

Iniciativas como estas nos plantean la existencia de un “impulso creador” ligado a la salud y a la experiencia vital, en términos de Winnicott (1970), para quien vivir creativamente nos libera de ser aniquilados o sometidos por lo que nos llega del mundo. Es interesante ver la marcha multitudinaria como un acto creativo público, cohesionado por intereses, pasiones y afectos comunes que a su vez ofreció la posibilidad de compartir, sanar y reparar.

Trasladar el arte del bordado, ancestralmente visto como exclusivo de la mujer, fuera de los espacios privados donde siempre se desarrolló, dio cuenta del potencial creador colectivo y del valor simbólico propio de un masivo proceso de empoderamiento y reacción femenina ante la sociedad. Estas producciones artísticas poseen un atributo femenino (aunque no exclusivo del género), que nos habla de una fuerte necesidad de reconocer fragmentos propios, de hilvanarlos y bordarlos para dar forma a reclamos y deseos, tejiendo vínculos entre las mujeres y su comunidad. Coser y bordar son actos de comunicación que dejan huella, son acciones mediadoras y resignificadoras. Al mismo tiempo, esta agrupación femenina alrededor del arte del bordado deja un precedente para encontrar, desde el dolor y la empatía, formas sanadoras y transformadoras que nos permiten reencontrarnos como sociedad.

Poner el cuerpo y la voz

En la multitudinaria marcha del 13 de agosto cuestionamos a las distintas instancias públicas que encarnan el problema actual de desatención de la violencia hacia la mujer. Esto incluye a las instituciones del Estado, hoy ineficaces en el ejercicio de sus funciones; a las fuerzas del orden, conocidas por su indiferencia y normalización de la violencia doméstica y sexual; a la Iglesia, cuyo mandato y pronunciamiento fomentan la culpa sobre algunas formas de vivir la sexualidad femenina (por ejemplo: “la mujer se pone como un escaparate, provocando”, en palabras textuales del Cardenal Cipriani); a los medios de comunicación, que promueven estereotipos y celebran prácticas machistas (“mujer que no jode es hombre”[1]), y a la  programación televisiva que “cosifica” el cuerpo de la mujer como mero objeto de comercio y táctica de atracción al consumo.

Cuando las autoridades estatales no aseguran el orden ni la justicia, cuando intentan silenciar la agresividad y el abuso, o censuran el espíritu crítico de la mujer sugiriéndole una obediencia ciega e incondicional al hombre, surge este impulso agitador y revitalizante. Motivados por el hartazgo de un ejercicio destructivo y abusivo de poder, miles de ciudadanos decidieron plantarse, literalmente, frente al Poder Judicial peruano para exigir justicia y demandar que se respeten los derechos de los grupos que hoy son particularmente más vulnerables a la violencia.

Desde esta masiva y vital manifestación de rechazo hacia un sistema social que hoy resulta opresivo y castrante de la libertad de la mujer, creemos que la marcha tiene el potencial de proponer y generar el nacimiento de nuevos vínculos de género y nuevos paradigmas sociales donde se destaque la cohesión de la comunidad desde la diversidad que la caracteriza. Para la sociedad peruana ha sido refrescante observar incluso que la reflexión sobre los modos de vincularnos entre distintos géneros ha supuesto también la activación y el despertar de la solidaridad, la sensibilidad y la empatía de los hombres que nos acompañaron y que nos seguirán acompañando en el camino de esta reforma que impactará a las nuevas generaciones.

El cuerpo es, sin duda, la máxima entidad de nuestra identidad y representa el escenario de todo nuestro acontecer psíquico. La violencia sexual se inscribe en él dejando no sólo huellas psíquicas traumáticas y dolorosas que atentan contra la propia imagen sino interrumpiendo el desenvolvimiento en la vida profesional y en las relaciones de intimidad. Desde este doloroso reconocimiento, miles de mujeres participaron poniendo el cuerpo y alzando la voz para emprender un nuevo y esperanzador camino de transformación social. Ocupar el espacio público implica manifestar nuestro malestar y nuestra imperiosa necesidad de cambio y evolución. Tomando prestadas las palabras de Julia Kristeva (1980): “Me rebelo, luego existimos en el porvenir” (p. 10).

Nada es más simbólico y eficaz que unirse de cuerpo presente para alzar la voz respecto de un problema cuya solución no puede esperar más y que requiere vías de sanación adicionales a las vías legales (de necesaria reforma hoy). El empoderamiento colectivo que significó formar parte de la marcha fue una vivencia que quedará gratamente inscrita y sellada en el cuerpo de cientos de miles de mujeres. Como acción conjunta de ciudadanos de todo origen y convicción política, la marcha del 13 de agosto nos devuelve la oportunidad de ser partícipes y protagonistas de un cambio en nuestra historia personal y social.

Hacia la construcción de nuevos vínculos

Sabemos que las experiencias de violencia psicológica, física y sexual dejan a la víctima en un estado de desvalimiento y profunda angustia, minando el sentimiento de confianza en uno mismo y en los demás.

A partir de la masiva movilización generada por el colectivo Ni una menos, diversos grupos de nuestra sociedad han decidido tomar acciones y concretar proyectos de atención psicológica y legal para frenar la problemática de la violencia de género. Es el caso de una serie de profesionales de la salud que se han organizado para ofrecer apoyo y soporte emocional a la comunidad de mujeres víctimas de la violencia que así lo requieran.

La psicoterapia puede ser un valioso proceso de apertura y liberación de aspectos emocionales ligados a experiencias traumáticas producto de la violencia y puede significar un camino hacia la reconstrucción de la propia vida enriqueciéndola con nuevos matices. En la línea de lo propuesto por los esposos Baranger, la elaboración y superación del trauma se hace posible a través del reconocimiento del mismo, haciéndose representable a partir de los relatos que conforman la historia de la persona, donde dialogan el pasado, el presente y el futuro.

A su vez, el espacio psicoterapéutico es idóneo para reparar viejas heridas pues el vínculo que se construye allí reproduce el cuidado y la función organizadora entre una madre y su bebé en la temprana infancia. Siguiendo a Lutenberg, la esperanza y la capacidad transformadora se van gestando en el intercambio de la relación vincular, produciendo un crecimiento mental y emocional que permite la resignificación de vínculos pasados. Se trata entonces de una tarea compartida que tenemos por delante. No es una utopía sino una genuina aspiración posible: tejer nuevos y esperanzadores lazos sanadores, reconstruir la historia y su correspondiente verdad, a pesar del dolor, y recuperar así la capacidad de crear y soñar con una sociedad justa y renovada.

[1] Expresión proferida por el locutor Phillip Butters en Radio Capital (96.7 FM) de Perú.

https://www.youtube.com/watch?v=7deUQMxHc24

Referencias Bibliográficas

Baranger, M.  Baranger, W. Mom, Jorge Mario. (1988). Trauma psíquico infantil, de nosotros a Freud trauma puro, retroactividad y reconstrucción. Int. J. Psycho-Analysis (1988): 167-181.

Kristeva, J. (1980). El porvenir de la revuelta. Buenos Aires: Fondo de cultura económica.

Winnicott, D. (1970). Vivir creativamente. En: El hogar, nuestro punto de partida. Ensayos de un psicoanalista. Buenos Aires: Ed. Paidós.

Lutenberg, J. (1998). El psicoanalista y la verdad. Buenos Aires: Publikar.

 

 

Adriana Pardo

Adriana Pardo

Psicóloga clínica y magíster en clínica psicoanalítica de niños y adolescentes. Tiene estudios de atención temprana del desarrollo infantil. Trabaja con niños, adolescentes y sus familias, tanto en consulta privada como en instituciones educativas. Actualmente se forma como psicoterapeuta en el instituto Inter-cambio.