El Sujeto y la Subjetividad

Clínica, Sociedad, Teoría

Recuerdo que en el 2000 escribí un epígrafe en el que decía: “El esfuerzo humano más vital es el de permanecer por fuera de la así llamada estadística”, firmado por un tal Stephen Spencer. Hoy creo que inventé tanto el texto de la cita como el nombre de su autor. Un plagio doble Stephen. El texto tal vez nunca existió fuera de mi imaginación.

El hecho de que el sujeto sea una excepción a lo determinado, asegura la continuidad y coherencia de lo que suponemos categórico. La idea es simple, si tengo una excepción puedo concebir el todo como el complemento lógico de ella. La concepción de la excepción “sujeto” funciona, así como una argamasa que sella las zonas vacías o las incoherencias siempre presentes en el universo simbólico. La existencia de esa excepción (la que subyace a la suposición de un sujeto) quizá sea obra del procedimiento maquínico que produce al sujeto. Después del teorema de Gödell, es sabido que todo sistema simbólico es incompleto o inconsistente y que a los humanos nos disgusta habitar tales territorios aun sabiendo que no hay mas remedio que hacerlo. Eso determinante a lo que me refiero y que se ofrece como garante de un Mundo completamente coherente, puede presentarse bajo la figura de Dios, el Otro, la razón, el logos, el ‘mundo interno’ del que hemos emergido o ‘el Inconsciente’. En general, todas esas figuras conforman una totalidad determinante a la cual –como dije– el sujeto “sella” en sus fallas, en sus zonas inconsistentes. Como una argamasa.
Esta aparentemente extraña configuración es de la misma correlación lógica que la que liga al estado de excepción a la nuda vita, ambos son, paradojalmente, requisitos para que cierto orden personal y cierto bienestar social ‘funcionen’. Hay correlación: el estado de excepción y la vida nuda garantizan el orden social (lo fuera del sistema procura una garantía al sistema, lo irracional a lo racional, lo particular a la totalidad, de modo análogo que la existencia de lo patógeno sustenta y es requisito de la inmunidad). De modo similar, el sujeto como excepción soporta el carácter de totalidad coherente de lo supuestamente determinante que sustenta nuestra existencia. Lo que llamamos verdad en la que basamos lo racional es un supuesto, como Dios o la Razón que logran hacernos creer que han vencido lo azaroso e intempestivo.
Tengámoslo claro: no es el sujeto quien preexiste (y “produce”) los agenciamientos. Son éstos los que lo producen. El sujeto no es el dueño de sus representaciones, ni siquiera se puede considerar que (aunque así lo crea) sea su productor. El discurso, el lenguaje, lo que nos rodea en un afuera (o/y un adentro –dos categorías que en esto son obsoletas) produce al sujeto que es algo así como una unidad artificial que aúna las inconsistencias que inevitablemente tiene esa nube de creencias (la hoy llamada infoesfera) en que vivimos. El sujeto se plantea como excepción, como un punto excepcional a lo que se presenta como determinante de modo que el todo adquiera coherencia.
Siendo el sujeto una excepción, asegura –particularmente en la Modernidad– la continuidad y completitud de lo determinante. Lo hace obliterando como un relleno las zonas vacías o inconexas que perturban la concepción de lo que se supone como regla simbólica general. La presencia de esa excepción/sujeto y la de lo determinante quizá sean obra de un procedimiento maquínico que produce y conduce al sujeto. Pues es sabido, después del teorema de Gödell, que todo sistema simbólico es incompleto o inconsistente y que a los humanos nos disgusta habitar esas inconsistencias o incompletitudes. Eso determinante a lo que me refiero y que se ofrece como garantía de un Mundo completamente coherente se ha presentado como la figura de Dios, del Otro, del ‘mundo interno’ o del Inconsciente.
Podemos entender esta extraña configuración como la que liga al estado de excepción y la nuda vita que, también paradojalmente, es requisito para que el pacto social funcione. De modo que hay una posible correlación: el estado de excepción y la vida desnuda garantizan el orden social (Lo fuera del sistema procura una garantía al sistema, lo irracional a lo racional a la totalidad, del mismo modo que los patógeno sustenta la inmunidad). De ese modo el haber concebido al sujeto –lo cual ocurrió en pleno auge de la Modernidad– le da cierta coherencia y sosiego a la concepción de una totalidad determinante cuya vigencia ya se viene viendo decaer.
De modo que la concepción cruda de lo determinante –que presupone la existencia de un orden superior que, de alguna manera, como Dios o el Inconsciente, nos determina y al modo de una excepción de ese orden superior los sujetos que habitamos ese mundo sellamos sus incompletitudes, somos de ese modo, en tanto sujetos, su elemento estabilizador. O, al menos, la relación Sujeto-Estructura determinante funciona como tal.
Tengamos en cuenta que no siempre fue concebido el sujeto de forma parecida a como lo fue en la Modernidad Sólida, época de la que heredamos la concepción de él aun que ya nos haya comenzado a resultar forzada.
En el Medioevo no había punto de vista humano como perspectiva privilegiada de los objetos. Es decir, no había sujeto al menos como después se lo concibió. Sólo existía una mirada divina que veía y determinaba a los objetos ya dados, entre los cuales –como uno más– estaba el humano. Éramos concebidos como esos objetos ya dados y sin capacidad de alterar el Mundo creado por Dios.
La Modernidad concibió sujetos independientes con un mundo propio con la capacidad de representarse los objetos que lo rodeaban. De modo que en cierto modo los humanos podríamos llegar a prescindir de esos objetos en su materialidad porque, creíamos poder ‘tenerlos’ representados. Esas representaciones eran las que ordenaban y precedían el orden del mundo. Descartes, fue quien pretendió conocer y colocar en el centro de nuestro mundo al sujeto. El sujeto cartesiano pasó a ser el nuevo Dios que en la Modernidad. Este nuevo Dios pretendió remplazar al Dios moribundo al que alude Nietzsche con su “Dios a Muerto”.
Hoy se está haciendo cada vez más evidente que el cálculo y dominio de los objetos que supusimos que realizaba aquel sujeto moderno, no sólo no se sostiene, sino que se está revirtiendo: el objeto presentado de la conexión está comandando a los sujetos, y, ¿porqué no?, destituyéndolos. Como advirtieron Foucault y Deleuze está prevaleciendo lo maquínico (generado en territorios externos al sujeto) a la sujeción (que nos hace creer que ha sido generada por el sujeto). Pero, el así llamado ‘sujeto’ ya no maneja los avatares mundanos. El concepto ‘sujeto’ está claramente en crisis y con seguridad no es el punto fijo de referencia que concibió la Modernidad temprana.
No obstante, el concepto de sujeto –tan usado por el psicoanálisis– es y ha sido una pieza clave para concebir la coherencia de los mundos que habitamos. Es decir hay una relación indudable entre lo que llamamos sujeto y la situación que habita, eso que solemos llamar ‘el afuera’ o ‘lo Otro‘.
Concibo tres modos de relación entre el Sujeto y lo Otro. No son alternativas necesariamente excluyentes. Son tres modos de relacionarse que de algún modo anclan tanto al sujeto como al Otro. Sientan además las bases de tres modos diferentes de concebir el acceso a la subjetividad en un psicoanálisis.
1-En la primera de ellas el sujeto está indisolublemente ligado a lo más estable del Otro. Al precipitado de la historia del sujeto, de los habitantes del afuera, del significado último de la red significante que suponemos yaciendo en el inconsciente. A este sujeto se lo ha denominado “Sujeto del Inconsciente”. Suele además entenderse que ese inconsciente es el que ‘crea’ o produce al sujeto. Este modelo, que es claramente estructuralista, concibe al inconsciente como inmutable y fijo y resultó muy útil y adecuado para ‘entender’ al sujeto en tiempos de la modernidad sólida.
Las verdades y la estofa misma del sujeto serían aquí la revelación de lo que ya existía en el inconsciente.
Lo que podría variar el ambiente (curarse para el psicoanálisis, devenir para nosotros), es simplemente la ‘iluminación’ de la zona o sector de ese inconsciente (iluminación que sí podría ligeramente variar de acuerdo a la zona que enfoca) aquello que devela ciertas diferencias en el modo de concepción de la realidad interior y exterior. Esa concepción es responsable de que emerjan diferentes sectores del inconsciente que son pensados como verdades ya existentes, yaciendo en el inconsciente a la espera de ser reveladas, develadas o iluminadas. La lógica de la eficacia del psicoanálisis consistiría en desenterrar esas verdades y hacerlas conscientes, conocerlas para así anularlas parcialmente como fuente del sujeto.
El modelo sería: Sujeto > (anclado a) lo no variable de lo determinante, del inconsciente.
2- El segundo caso es el del sujeto que surge por, o ligado a, una revelación o una pasión. Es el sujeto de una verdad que surge tras un encuentro que ha producido verdades, novedades radicales antes inadmisibles. Acontecimientos. Estos encuentros producen un sujeto de esa verdad. Como el sujeto de un amor, de un psicoanálisis, de una revelación, de una verdad… Es interesante que esa verdad –de ser fiel el sujeto a ella– es capaz de promover a veces asombrosos cambios subjetivos. Devenires no previamente contemplados. De él nos ha hablado lúcidamente Alain Badiou con en el libro San Pablo que detalla el acontecimiento que llevó a devenir otro al Apóstol.
El esquema podría ser: Sujeto > (anclado a) la variación de lo determinante tras un acontecimiento.
Tanto el primero como el segundo caso se prestan a establecer al sujeto como el jefe de una operación que –como el átomo para Demócrito– sería indivisible (de ahí la palabra in-dividuo que equivaldría a in-divisible)

3- En el tercer caso en el Otro existe (o contiene) un resto que no puede ni quizás podría ser representado. Es un resto inconsumible que se sustrae a la representación (lo que para Heidegger es el ser: aquello que se sustrae). Ese vacío es lo que el sujeto (o mejor, la subjetividad de la que hablamos) podría suturar y, al hacerlo, podría también en cierto modo estabilizar al Otro fisurado por esa presentación irrepresentable (esa alteridad radical a la que se debe la fisura de la que habla Levinas). El sujeto es lo que emerge alrededor de un punto ciego, lo más propio e impropio de cada quién.
Aquí el esquema sería: Sujeto > (anclado a) lo irrepresentable del Otro o quizá también lo real de Lacan.
Aquí lo determinante tendría un núcleo irrepresentable una inconsistencia a la que se ancla el sujeto. A ello puede el sujeto acercarse asintóticamente aunque no pueda jamás aprehender y por ende tampoco representar. Lo que habita eso inconsumible es una singularidad quizá, de nuevo, emparentada con lo que Lacan llamó “real”. El sujeto y la subjetividad serían como un síntoma de ella o de haber sido tocados por ella.
Quizás a esto se refiere Peter Handke cuando dice “Vivo de lo que los otros no saben de mí” con el agregado de que no son sólo ‘los otros’, sino también yo, quienes vivimos de lo que no sabemos de mí. Eso no sabido ni asible de cada quién, no obstante, no cesa de causar efectos.
La efectividad psicoanalítica se vería particularmente en este caso ayudada por un transcurrir en inmanencia, por fuera de los planos del saber trascendente que abren paso a lo que aparece como ya sabido. Eso supuestamente ya sabido encubre las singularidades.
Quizá en estos tiempos sería conveniente distinguir lo que podríamos llamar habitante para diferenciarlo de sujeto, y la situación de mundo, lo cual podría hacer lugar para distinguir la diferencia entre lo subjetivo y la sujeción. Sujeto y mundo van de la mano uno del otro, eludiendo lo maquínico y lo intempestivo. Habitante y situación dejan tramas abiertas, intersticios e intervalos no cerrados donde pueden emerger las producciones de lo singular.
Subjetividad es un concepto que proviene del adjetivo “subjetivo” y tiene la ventaja de que no denota algo fijo o sustancializado ni entificado, es algo que denota ciertos efectos sobre aquel a quien le acontece algo (¿relevante?).
Sujeto, en cambio, hace referencia a alguien que es ‘actor de sus actos’, en el sentido de que su conducta no es meramente reactiva, sino originalda en su decisión o voluntad. Como en una comprensión de los actos humanos en términos de la sujeción (como si fueran producidos por el sujeto)
Esta diferenciación hace blanco en la diferencia que destaca Deleuze entre los maquínico y la sujeción.
Quizá pueda ayudarnos en este tramo algo a lo que se refería Michel Foucault cuando dijo: “Mas que crear o averiguar quienes somos debemos luchar contra las fuerzas de la sujeción. […] nos toca hoy promover nuevas formas de subjetividad rechazando el tipo de individualidad que nos fue impuesto durante siglos” sin dudas Foucault se refería en estos pasajes a Hegel quien sugería que el sujeto podría ser : “Lo que puede retener en sí su propia contradicción” .
Mientras que el modelo de ‘Sujeto’ se asocia al pensamiento Arborescente; ‘Subjetividad’ se lleva mejor con el Rizoma, lo mismo que el determinismo de lo genético se asocia a lo arborescente y lo epigenético (que negocia su presentación con el entorno a lo rizomático)
Gilbert Simondón, como de acuerdo con nuestras reflexiones (aunque en realidad es más posible que esa causalidad sea invertida), aborda la interfaz sujeto-subjetividad, inspirado en la física cuántica. Rechaza la idea de individuo (un UNO no divisible, como fue en un tiempo concebido el átomo), y habla de un proceso de individuación incesante e inacabado en un campo preindividual y metaestable. Esto realimenta constantemente el campo de lo posible. Giles Deleuze, toma esta idea como “pliegue” como algo del afuera variable y que puede plegarse y transformar o armar un adentro subjetivo o subjetivante.
En esto nos recuerda a Nietzsche cuando en su Genealogía de la Moral, escribe: “El hombre es lo todavía no domado, lo eternamente futuro”

Notas

  1. en el epígrafe de un trabajo que forma parte del libro “Clínica Vincular Psicoanalítica”. Ese trabajo se llamó “¿Hay Lugar para lo Indeterminado en Psicoanálisis?”. Y su intención era apuntar a que no hay tal lugar en el psicoanálisis.
  2. De todos modos, la concepción cruda y trascendente de lo determinante presupone un orden superior como Dios, la razón, el lenguaje, o el inconsciente; que como un saber trascendente determina todo lo que sucede por debajo de él. Todo en el medioevo, pero en la Modernidad comenzó a ser todo menos el sujeto, que es una excepción.
  3. Cuando digo “contiene” quizás esté exagerando. Cómo contener algo no representado o una inconsistencia.
Julio Moreno

Julio Moreno

Psicoanalista. Miembro Titular y en función Didacta de la APdeBA

Médico y Doctor en Medicina, Miembro Titular con Función Didacta de la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires. Profesor Titular de la Maestría de Familia y Pareja del Instituto Universitario de Salud Mental. Profesor del Postgrado de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires.Profesor de la Universidad del Hospital Italiano.

Entre sus publicaciones está su libro «Ser Humano. La inconsistencia, los vínculos, la crianza» (2002); «Tiempo y trauma: continuidades rotas» (2010); «How we Become Human» (una traducción ampliada de Ser Humano publicada en Nueva York, 2014) y «La infancia y sus bordes. Un desafío para el psicoanálisis» (2014).